Equinodermos, poliquetos y urocordados

 

 

Los gigantes del mar

 

Además de acoger algunos de los ecosistemas más biodiversos del Planeta, en el océano viven las especies más grandes del mundo. Coincidiendo con zonas de corrientes ricas en nutrientes donde se concentra el zoo y fitoplancton, las grandes ballenas azules encabezan el ranking de los gigantes del mar con sus 30 metros de longitud y casi 200 toneladas de peso. Pero las ballenas no son ni mucho menos un caso aislado. En el océano muchas especies superan ampliamente la tonelada de peso mientras que en tierra firme estas cifras están al alcance de muy pocos (elefantes, hipopótamos, rinocerontes…). Y no sólo el peso es algo a tener en cuenta. En grupos animales que no destacan por ser muy pesados, como los artrópodos o los moluscos, también encontramos representantes de mucho mayor tamaño en el mar.

Este entorno hostil, pero enormemente rico, ha permitido a ciertas especies marinas alcanzar tamaños muy superiores a los de sus primos terrestres. Ese es el caso del Syrinx aruanus, la especie de gasterópodo (caracol) más grande del mundo, que puede alcanzar hasta los 91 cm y 1.800 g. de peso y de cuya muestra existe un ejemplar de más de 60 cm en el Museo de Ciencias.

 
 

¿Por qué las especies más grandes viven en el océano?

 

Existen dos razones relacionadas directamente con la alta densidad del agua. En primer lugar, en el medio acuático nuestro peso es despreciable y, en segundo lugar, existe mucho alimento disponible en suspensión.

La primera razón se entiende fácilmente si pensamos en el impedimento que supone la gravedad para el desplazamiento de los seres vivos terrestres. Esta fuerza obliga a los animales que viven en tierra a soportar con sus patas su propio peso y, en definitiva, a contar con una estructura rígida (esqueleto) que permita el movimiento y soporte de las distintas partes de su cuerpo. La pega está en que cuanto más grande sea un animal, más fuerte tendrá que ser su esqueleto. Pero un esqueleto más fuerte es también un esqueleto más pesado, así que en la práctica existen límites físicos al tamaño que un organismo puede alcanzar en tierra. En el mar, nuestro peso se contrarresta por el peso equivalente a nuestro volumen en agua, así que podemos decir que no es un problema: flotamos. El tamaño de los animales ya no es un limitante para el movimiento (aunque sí lo es su forma).

En segundo lugar, el océano ofrece un recurso alimenticio tremendamente abundante que no puede encontrarse en el medio terrestre. Suspendidas en el agua de los océanos podemos encontrar enormes cantidades de nutrientes (y organismos) que pueden alimentar a numerosas especies, que viven “simplemente” de lo que se encuentran flotando. Existen miles de especialistas en filtrar el agua del océano: desde gigantes como las ballenas o los tiburones ballena y peregrino, hasta otros más pequeños, como las esponjas, los corales, gusanos, mejillones, ostras, etcétera. Aunque pueda parecernos que no hay tanta comida flotando en el agua, todo depende de cuánta agua se filtre: una ballena azul es capaz de meterse varios miles de litros de agua de un solo “bocado”, y junto a ellos varios kilos de krill.

 
 

 

¿Entre los habitantes del océano están también los más longevos de nuestro Planeta?

 

Hablar de longevidad en Biología puede ser un poco complicado. Muchas especies presentan formas de reproducción asexual o sistemas de organización colonial que dificultan determinar dónde empieza y acaba un individuo. Pero de entre los casos en los que sí ha podido establecer con cierta seguridad la edad parece ser que el record lo encontramos en un animal marino. Aunque en el mundo vegetal es frecuente encontrar árboles de cientos y hasta miles de años, el organismo más “viejo” del que se tiene constancia es una esponja de mar de unos 15.000 años que vive en el fondo de la plataforma antártica.

En el caso del Museo de Ciencias, uno de los habitantes más longevos que forma parte de sus colecciones también vive en el agua, pero dulce. Son las margaritíferas (Margaritifera margaritifera), una especie de bivalvos que podemos encontrar en nuestros ríos. Los individuos de esta especie en aguas cálidas alcanzan los 30 años, pero en aguas frías pueden vivir entre 80 y 100 años, e incluso 130 años.

 
 

Habitantes de las profundidades

 

Además de las especies pelágicas (que viven nadando en las aguas abiertas), la otra gran división de especies oceánicas se conocen como bentónicas (bentos es el término que hace referencia al fondo oceánico). Estos organismos necesitan del suelo del mar para subsistir, bien porque permanecen fijados al fondo o porque se alimentan y protegen moviéndose entre los sedimentos, las rocas y otros hábitats como las praderas de algas o los corales. Este es un lugar donde encontraremos animales de las más extrañas formas pues a las condiciones extremas de presión que se dan en las zonas abisales (por debajo de los 4.000m) hay que añadir las peculiaridades de sus formas de alimentación o sus adaptaciones para evitar ser depredados por otras especies.

 
 

Geometría bella

 

Entre los animales del bentos existe una gran diversidad de moluscos que han desarrollado, formas de gran belleza, como el Nautilus. Bajo este nombre común se reúnen a las únicas seis especies supervivientes de un grupo de animales emparentado con pulpos, calamares y sepias. Son considerados fósiles vivientes pues su morfología apenas ha cambiado en los últimos millones de años. Son la única familia de cefalópodos que tiene concha externa, la cual tiene una serie de cámaras de aire en su interior conectadas por un tubo (sifúnculo) que permiten controlar la flotabilidad del animal. La especie más común (en imagen) puede sobrepasar los 30 cm de ancho y vivir hasta los 20 años.

En el Museo de Ciencias pueden encontrarse varios ejemplares de gran tamaño completos y seccionados. Las conchas divididas en dos dejan ver su increíble geometría. Una conformación perfecta que se ha considerado ejemplo natural de la razón aurea: proporción matemática descrita en la antigüedad a la que se atribuye un carácter estético especial. Según ella, los objetos que contienen esta proporción serían especialmente perfectos y bellos.

Sin embargo, la belleza geométrica de la concha del Nautilus, al igual que la de otras figuras naturales como otras conchas de moluscos, los patrones de alternancia de hojas en las plantas o en las semillas del girasol, la configuración de las piñas de las coníferas y muchos otros ejemplos, no radica en la existencia de un número perfecto universal. En todo caso, lo hace en su ajuste a una figura geométrica conocida como espiral logarítmica. Esta figura surge de cualquier proceso natural que implique un crecimiento en tamaño pero sin cambio de forma, algo que ya fue maravillosamente explicado por el matemático y biólogo escocés D’Arcy Thomson en su obra “Sobre el crecimiento y la forma” hace 100 años.

 
 

Simetría radial y bilateral

 

Todos los organismos presentan un patrón de crecimiento que determina su sistema de simetría corporal. Así como en los ejemplos anteriores podíamos reconocer geometrías espirales, existen dos tipos de simetría ampliamente distribuidas en el mundo animal. Por una parte, la simetría radial, que es la propia de organismos donde se pueden definir dos o más planos que dividen su cuerpo en mitades iguales. El resultado es un animal con forma cilíndrica -como las esponjas, medusas o corales-, cuya boca está situada en el centro. También presentan esta simetría los equinodermos (estrellas y erizos de mar), aunque solo en el individuo adulto. Este patrón es propio de animales sin una dirección preferente de movimiento, bien porque floten prácticamente a la deriva, porque deambulen por el fondo o porque estén fijos a él.

El otro tipo de patrón corporal generalizado es el de la simetría bilateral, en el cual sólo existe un plano que divide al animal en dos partes iguales. Esta conformación es mucho más eficaz para realizar un movimiento direccional en el sentido que marca el lado en el que se encuentra la boca (hacia delante). En estos animales es posible distinguir una parte anterior, otra posterior y los lados izquierdo y derecho. Mientras que entre los animales que se mueven por el fondo las formas corporales son muy variables, muchos de los que viven nadando en el agua tienden a mostrar una forma característica de huso (cilíndrica y estrechada en los extremos) que les permite ofrecer menos resistencia al rozamiento con el agua.

Los moluscos son un grupo que está representado hasta con 3.700 especies diferentes en el Museo de Ciencias de la Universidad de Navarra

El Museo de Ciencias alberga representantes de moluscos pertenecientes a 70 familias de gasterópodos (caracoles) marinos, 34 terrestres y de agua dulce, 21 familias de bivalvos -almejas, mejillones…-, cefalópodos, etc. Todos siguen un patrón de simetría bilateral. Incluso los gasterópodos, con sus conchas espirales, tienen un único plano de simetría. Para visualizarlo, basta imaginarse su concha desenrollada hasta formar un largo cono. En muchas especies de moluscos, además, las formas peculiares de sus conchas hacen difícil reconocer algún patrón.  Estas extravagancias en formas tienen siempre una función. Por ejemplo, las largas espinas de la concha del Peine de Venus (Murex pecten) le sirven para evitar ser comido por otros animales, como peces o pulpos.

 
 

¿De qué material están hechas las conchas?

 

Las conchas de todos los moluscos están formadas por tres capas. Las dos internas son de carbonato cálcico cristalizado en mineral aragonito (Ca CO3) y la capa externa, compuesta por una fina cobertura de proteína que les confiere, en algunos casos, un aspecto brillante muy duradero.  De la ordenación de los cristales de estas capas, y de la combinación con diferentes metales, como el hierro o el cobre, surgen conchas con aspecto nacarado, de porcelana (como las Cypraea), e incluso conchas de caracoles cuyo color púrpura las hizo muy apreciadas por reyes, emperadores y hasta Papas para teñir sus mantos (Thais haemastoma).

 
 

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